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martes, 13 de diciembre de 2011

Soledad y Silencio, el dúo perfecto.



Decía el científico francés Blaise Pascal lo siguiente: Todas las desgracias del hombre, se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación.
No estoy muy seguro en lo referente a las desgracias (al menos, en su totalidad), si bien es cierto, de que tanto a hombres como a mujeres (desconozco la proporción en cada caso), les resulta bastante difícil, sentarse, estar tranquilos, callados y en soledad, puede que consigan alguna cosa por separado, pero todas a la vez, no suele ser habitual.
De lo que desde luego, si estoy en absoluto convencido, es de los efectos enormemente positivos, que se manifiestan en la vida de la gente normal, cuando las personas tienen el acierto y la capacidad, para saber hacer una vida solitaria, aunque solo sea en determinados momentos puntuales de su existencia. Que luego, el espacio de tiempo estando solos, sea de horas, días, semanas, meses o incluso años, dependerá de la forma de ser de cada uno, de las circunstancias en las que se vea envuelto y de las necesidades particulares que se presenten en cada caso.
La soledad, hay que saber disfrutarla y aprovecharse de sus enormes beneficios, comenzando por la tranquilidad que aporta, sobre todo cuando el individuo sabe estar en paz consigo mismo, y siempre como perfecto antídoto, para combatir esos momentos de excesiva agitación e intranquilidad, que cada cual ha de afrontar en determinados momentos de su actividad diaria, propiciados en gran parte, por la permanente incoherencia de la sociedad en la que nos ha tocado vivir, y en la que no estamos muy seguros, si los supuestos beneficios del progreso y la tecnología, son todo lo positivos que nos dan a entender, los que manejan el cotarro del poder a nivel mundial.
Es muy importante, que el ser humano sepa encontrar ese sitio, en el que pueda llegar a aislarse por completo de todo lo que le rodea, y que demasiadas veces, le provoca la misma sensación de asfixia, que tendría una persona con su cabeza metida dentro de una bolsa de plástico atada a su cuello. Y al mismo tiempo, alejarse del ruido, de ese atronador sonido, que llega desde cualquier sitio y que vive con nosotros en cualquier ciudad, de cualquier país y nos impide disfrutar de ese remanso de tranquilidad, que un solitario puede saborear, si sabe aprovechar adecuadamente el momento y es conocedor de algunos secretos de su mente, que le van a facilitar enormemente la labor.
Hay que buscar de forma continua, ese espacio del Universo paralelo que uno mismo tiene que saber encontrar, y que puede aportarnos unas reconfortantes propiedades balsámicas para tranquilizar nuestro espíritu y al mismo tiempo de un gran efecto aislante para el oído.
Sepamos pues, que al menos de forma momentánea, si es que no podemos conseguirlo a perpetuidad, huir de ese mundo lleno de desagradables ruidos, que se manifiestan en todo su apogeo, al otro lado de las ventanas de nuestros hogares, y que en el peor de los casos, también penetra sin oposición, a través de ellas (por mucho cuento barato de efecto antirruido, que nos hayan querido vender) taladrándolas con la misma facilidad que una broca perfora una tablilla de madera.
Indicar también, que hace falta realizar el esfuerzo que sea necesario, para alejarnos todo lo que sea posible, de esa especie de bombardeo sistemático que nos aturde de modo permanente, cuando explota bruscamente cerca de nosotros, violentando incansablemente, nuestro estado de calma y bienestar, y que se manifiesta en forma de música machacona, de muy dudoso gusto e ínfima calidad, ladridos de perros, sin duda, más por culpa de sus dueños, que del pobre animal, que en bastantes ocasiones y por desgracia para el sufrido can, los tienen que soportar y padecer, máquinas cortacésped , del vecino metido a experto jardinero, que pasa una y otra vez hasta la saciedad, por el casi calvo suelo de su jardín, la recién adquirida Moto-Segadora (Mega Turbo 340, por decir algo) envidia de la vecindad, y que le hace sentirse especialmente orgulloso de poseer un elemento más que le sirva para hacer ostentación de su boyante economía doméstica, bocinas de automóviles, golpeadas de forma compulsiva por ese conductor impaciente, que no digiere bien los atascos, y que mejor estaría, planteándose la posibilidad, de realizar sus desplazamientos en una saludable y no contaminante bicicleta, vuelos rasantes de aviones de motor atronador, cuando el aeropuerto se encuentra cerca de la vivienda, eso sí, construido con posterioridad a ella, aunque los políticos de turno, en época previa a las elecciones, habían asegurado en su momento, por activa y por pasiva, incluso jurando por su honor (y sin inmutarse), que jamás una pista de aterrizaje se iba a construir en la zona, vamos, ni tan siquiera, para que se posase allí, una simple avioneta (ni tan siquiera de miniatura) y al final, lo que aparece en el cielo, día sí y día también, es ese enorme Boeing, que mete ruido y miedo al mismo tiempo, insistentes pitidos de silbato del guardia de tráfico de turno, con vocación manifiesta de árbitro de fútbol y con una fuerza sopladora, propia de trompetista compulsivo y ¡qué decir! para finalizar, de toda esa gente que solo sabe hablar a gritos, y de forma estridente, protagonistas de conversaciones en voz alta (subiendo progresivamente el tono, para que se les oiga más que al que tienen en frente), propias de personas amantes del debate acalorado e interminable que no lleva a ninguna parte y con un nulo sentido de la discreción.
Conclusión: ¡Mejor solos, y sin ruido! ¿Se puede pedir más?

Fran Álvarez

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